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CUERPOS PELIGROSOS, CUERPOS PATOLOGIZADOS
Por: Gabriela Ramírez Becerra




Nada en el hombre - ni siquiera su cuerpo-

es lo suficientemente fijo como para comprender

a los demás hombres y reconocerse en ellos.


M. Foucault



“Tengo veinticinco años y, aunque todavía joven, me aproximo, sin dudarlo, al término fatal de mi existencia. He sufrido mucho, y ¡he sufrido solo, solo, abandonado por todos! Mi lugar no estaba marcado en este mundo que me rehuía, que me había maldecido.
Había estrechado por última vez entre mis brazos a la que llamaba mi hermana y a quien amaba con todo el ardor de una pasión de veinte años. Mis labios habían rozado los suyos. Nos habíamos dicho todo. Me marchaba esta vez llevando en mi alma toda la felicidad de la que había gozado durante esos años, con el primero, el único amor de mi vida. El coche, al alejarse, me había privado de la vista de mi bien amada. Todo había terminado.
Hacía unos quince días que me encontraba de vuelta en B... cuando el procurador encargado de la demanda me hizo saber que el tribunal había, en primera instancia, nombrado al doctor G... para proceder a un nuevo examen antes de emitir una sentencia definitiva, resultando necesaria mi presencia en la casa del médico. Había que resignarse. Aunque por otra parte ya me lo esperaba. Resulta obvio decir que este segundo examen arrojó el mismo resultado que el primero, y que, a partir del informe a que dio lugar, el tribunal civil de S... ordenó que fuera hecha la rectificación en el registro civil, en el sentido de que debía aparecer allí como perteneciente al sexo masculino, al tiempo que un nuevo nombre sustituía a los femeninos que recibí en mi nacimiento. Estaba en B... cuando se dictó la sentencia. Me habían enviado la notificación del fallo, consignado más tarde en los Annales de médecine légale. Al consultar esta obra descubrí que había sucedido lo mismo en 1813, en un departamento del Mediodía, si no en las mismas circunstancias, al menos con los mismos resultados. Ya estaba hecho. El estado civil me llevaba a formar parte de esa mitad del género humano llamada el sexo fuerte. ¡Yo, educado hasta los veintiún años en casas religiosas, en medio de tímidas compañeras, iba, como Aquiles, a dejar tras de mí todo un pasado delicioso, para entrar en lid únicamente armado de mi debilidad y de mi profunda inexperiencia de los hombres y las cosas!”
Memorias de un Intersexual, Alexina/Abel Barbin


Fotografía: Alejandra Ramírez Becerra/ Juliana Cardozo Becerra

























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